martes, 10 de enero de 2017

PEQUEÑA BIOGRAFÍA CARNAL


El primero era estúpido, su educación en la materia se basaba en pornografía y a sus veinticuatro creía, con una fe inquebrantable, boberías de las que la mayoría de los adolescentes se reirían: que si la mujer estaba sobre el hombre ésta no podría quedar embarazada, que después del orgasmo todo lo que se dice es totalmente cierto por lo que se puede obtener cualquier confesión, que las curvas de una mujer se “forman” por tener constantemente relaciones sexuales, que todas las mujeres podían eyacular escandalosamente igual que en sus películas, etc. Yo lo elegí porque era seis años más grande que yo y porque, de mi pequeña facultad, era el menos feo. Pero después de estar escuchando esas idioteces por algunos meses me arrepentí mucho de haber escogido a semejante simio para mi primera vez.

Después de esa gran decepción pensé que lo mejor sería conocer  muchísima gente en plano sexual, para así ir descubriendo qué tipo de persona realmente embonaba con mi sexualidad. Tal decisión me dio mucha experiencia y muchas anécdotas extrañas que contar, pero en varias ocasiones me descubrí teniendo sexo por cortesía: es decir, por no ser grosera con quién lo solicitaba, y otras tantas me encontré preguntándome, después del acto, qué chingados estaba haciendo con ese pendejo.

Luego vino la curiosidad, y entonces me encontré en el cuarto del anfitrión de una fiesta bastante frenética con una chica de enormes pechos, mucho más alta que yo. Todo lo que siguió fue natural, cómo sí siempre lo hubiera sabido. El sabor de sus pezones, el acariciar de su espalda, el abrir con los dedos su sexo, y sin darme cuenta yo era quién llevaba la batuta. La frotación, la suavidad, los besos, la duplicación de nuestros cuerpos (aunque inexacta). Y al día siguiente, cuando desperté acariciando la curva de su cadera me supe bisexual y recordé muchísimos momentos de mi vida, que comenzaban en mi infancia, en los que me habían atraído las de mi  propio género. Ahora todo era tan obvio y yo habiendo perdido tanto tiempo.

El descubrimiento me hizo duplicar mi número de citas. Pero ahora todo tenía un toque académico. Elegía a las personas que me interesaban para descubrir cómo eran en la intimidad. Me gustaba descubrir “la esencia” de las personas a través del sexo. Había gente sumamente intelectual que en la cama era retrasada mental, había personas insignificantes que al desnudarse se volvían toda una enciclopedia, algunos se tornaban tímidos, en otros que parecían muy comunes descubría gustos exóticos y hasta perversos. Yo llevaba nota de cada encuentro, como si se tratara de la misma investigación de campo de alguna tesis importante.

Y entonces, sin darme cuenta cuándo pasó, en las calles comenzaron a llamarme “señora”, los antros y lugares dónde se reunía demasiada gente me causaban malestar, comencé a frecuentar cafés y bares tranquilos dónde se pudiera hablar. Ya no me interesaba conocer o ahondar en los demás dentro de un cuarto, ahora prefería escucharlos.

Respecto al sexo llegué a una conclusión que ahora me parecía tan lógica que no sabía por qué no me había dado cuenta antes: Nadie podía darme tanto placer como el que me daba yo misma. Y así me hice de una colección de juguetes sexuales que eran mi gran orgullo, junto con diversos aceites y lubricantes. Instalé espejos en el techo de mi cuarto y me dediqué admirar mi desnudez y la cachondez se me subía sólo de imaginar mis caras orgásmicas. Mi terapeuta dijo que yo era un caso grave de narcisismo, le contesté que no podía decirlo a ciencia cierta sin haberlo probado. Así que lo convencí de ir a mi cuarto, le di a escoger entre todos mis juguetes sexuales y le dije que se acariciara a sí mismo con la mirada, que se mimara con los juguetes que había elegido y que después de esa experiencia seguiríamos con la discusión. Pocos minutos después sus gemidos y gritos fueron constantes durante media hora, al final sólo se escuchó el silencio. Toqué algo preocupada a la puerta y me dijo que pasara. Estaba desnudo con la vagina sintética en una mano y aún mantenía dentro de sí el dildo anal más pequeñito de mi colección. “Tenías razón, ésto lo deberíamos saber desde la adolescencia”. Y entonces me dijo que ya no podía seguir siendo mi terapeuta, pero nos hicimos grandes amigos.


Los años han continuado y mi afecto por los juguetes sexuales no ha disminuido, soy muy asidua a probar todo lo nuevo que sale en el mercado. No quiero decir que he intercambiado por completo la carne por el plástico. Aún tengo algunas citas sexuales al mes, pero ahora se han vuelto sentimentales. Que irónica es la vida: Después de haber ondeado la bandera del sexo libre, sin compromisos y sin ningún dejo de romanticismo, ahora sólo me acuesto con un selecto y pequeño grupo de personas, todas ellas muy importantes en mi vida, a cada una le guardo una afecto especial, único y duradero. Es decir, después de tantos años evitando lugares comunes en el tema, en este momento, cada vez que me meto a la cama con alguna de esas distinguidas amistades no es por orgasmos ni exotismo, es para  expresar mi cariño por ese medio, es para         hacerles sentir a esas personas cuánto las aprecio. Ahora cada que me encuentro desnuda con otro ser humano es para hacer eso que los viejos llaman “hacer el amor”. 

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