miércoles, 29 de marzo de 2017

INFIERNO

Repetir incesante, monótono,  un café que sabe a lo mismo a pesar de que siempre pides uno diferente, un trajín ya recorrido: cansancio, lluvia, gente con críos llorosos, molestia general, enojo hacia dónde se mire.

El abismo existe y es horroroso porque no te puedes escapar de él, porque te volverá a subir al mismo autobús por los siglos de los siglos. Muchas veces cambian la cara del conductor, pero algo en sus manazas te hace saber que es el mismo.

Crees que has encontrado un nuevo empleo, con nuevos compañeros, con nuevos jefes y proyectos, pero todo es mentira: siempre es el mismo jefe déspota disfrazado, a veces hasta dividido en varias personitas y cuando te volteas y no lo ves esas personitas se reflejan en el espejo como la cara, las piernas y los brazos del jefe tirano que tú ya conoces.

Crees que hay millones de personas en el mundo, pero no sabes que éste pequeño universo es tu abismo, y aquí sólo están las mismas personas de siempre, y vas por ahí “conociendo gente nueva” sin saber que son los mismos enemigos que te han causado tanto daño antes, y se burlan de ti porque no los reconoces y te invitan a cenar y pasear y vuelves a caer en sus artimañas.

Y huyes a “otros lugares” y crees que son lugares distintos, que ahí comenzarás una nueva “vida”, que no hay manera de que tu pasado, que es una amalgama de gente, dolor, culpa, malas decisiones, etc. te sigan. Pero siempre llegan, y lo peor es que has comenzado a reconocerlos: La Señora de las tortillas tiene el tic nervioso en el ojo que tenía la vecina que te mató a tu perro en la otra ciudad. El viudo profesor de Historia, tan amable, cojea como ese chico al que engañaste en la universidad y ahora está aquí invitándote a salir, y tú te preguntas “por qué se muestra tan dócil, tan necesitado, hasta pareciera que quiere que lo lastime, si llego a salir con él será sólo por aburrimiento y por desgracia, me siento muy aburrida últimamente”.  La chica que lee sus poemas en el café literario y que tú admiras tanto tiene la misma sonrisa de la última enemiga, esa que te metió en problemas con todos los de la Asociación.

Decides evitarlos, no vuelves a comer tortillas, te das de baja en la materia de Historia y resuelves que ir a la Cineteca es mejor que el Café Literario, pero ellos vuelven, con máscaras y disfraces, con caras cambiadas y maquillajes extraños y esperas que tú cumplas tu papel en la obra: Algo que quieres mucho debe ser asesinado (como tu perro lo fue), debes destruirle la fe en la humanidad con tus acciones a alguien y una persona debe hacerte quedar mal con un grupo al que tú respetas y quieres mucho.

Lo evitarás, si comienzas a trabajar desde casa no podrás ver a nadie ni cometer los mismos errores y así lo haces: Comienzas a dar cursillos online, son mal pagados, pero al menos puedes pagar tus alimentos, la renta de tu pequeñísimo y feo cuarto y lo mejor: Ya no ves a nadie.
Todo va bien por unos meses, pero una noche llegan las pesadillas y todo ocurre de nuevo: cada escuela, cada ciudad, cada trabajo, cada desamor, cada enemigo, cada acto malvado contra otro ser humano que has cometido alguna vez se repite en tus sueños y despiertas asustada.

Te miras al espejo, los años han pasado, ya no eres la veinteañera que le rompió el corazón a aquel chico ¿Por qué lo sigues recordando? Y entonces lo entiendes, es tu propia condenación: una y otra vez repetirás todos tus dolores, cometerás los mismos actos malvados, serás víctima de las mismas injusticias siempre. No hay muerte, sólo una sensación de reencarnación que llega cada 90 años aproximadamente, apenas recuerdas tu otra juventud, pero ahora no te queda duda de que pasó lo mismo.


Alguien toca a la puerta, sabes que es la señora de las tortillas, no tienes mascota, pero sabes que sigue, por los siglos de los siglos, amén.

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