miércoles, 3 de mayo de 2017

LAS CAMINATAS DE LA DERROTA


Supongo que para cada ser humano hay un cierto momento específico en el que se tiene la certeza de que se es una pequeña mota de polvo en medio de un interminable desierto (polvo de huesos o polvo de estrellas, pero polvo al fin). Un momento determinado en el que no se es importante, ni inteligente, ni exitoso, ni nada.

Algunas personas quizá se dan cuenta mientras están encerradas en su cuarto después de un mal día, un mal mes, o varios malos años. Otras tal vez lo saben al observar el bar anónimo donde se encuentran, con gente desconocida y sin recordar cómo llegaron ahí. Algunas otras posiblemente lo entienden al estar llenando solicitudes de empleo en un parque público… No lo sé, hay tantos momentos y lugares dónde se puede tener conciencia de nuestra insignificancia.

Personalmente esos momentos han sido caminando. Instantes de meditación y humildad, tiempos de verdades. Ocasiones inolvidables y decisivas, porque saberme intrascendente es el principio, al menos para mí, de conocerme humana, muy humana otra vez.

El primero fue a los 14 años, me enteré de que fui  la única del salón que no fui invitada a una tardeada para celebrar el día del estudiante y por primera vez me di cuenta, conscientemente, de que era rechazada socialmente (y con muy justas razones, ahora lo sé). Para rematar había fracasado rotundamente en el recital. Yo estudiaba piano y era bastante incompetente, llevaba estudiando más años que muchos otros pero seguía con piezas de principiante. El minuet (en una versión sumamente sencilla) me salía mediocre en casa, pero a la hora de presentarla en público los nervios me ganaron y fui la única que cometió errores garrafales, tuve que empezar tres veces y aún así lo único que logré sacar de las teclas fueron cacofonías. Cuando terminé me incliné sin mirar al público y salí de la sala lo más rápido que pude, en la calle me di cuenta de que había perdido mi dinero. Así que regresé caminando a mi casa, en ese entonces la ciudad no era tan peligrosa (o al menos eso creíamos) caminé tres horas, los pies me dolían, pero la caminata me llevó a esa gran iluminación: “Soy una pedante que se cree única y especial, muy interesada en mostrarle a todos lo diferente y excepcional que soy en vez de aceptar que soy tan tonta como todos los demás, mientras siga creyendo que soy superior no voy a tener amigos.” Las ampollas en los pies me duraron semanas, pero el dolor me hacía recordar la caminata. Después de eso comencé a hacer algunas amistades.

La segunda caminata del desengaño fue a los 17, mi primer novio había terminado conmigo, tenía dinero para tomar un taxi, pero me sentía tan mal y estaba llorando tanto, que mejor me fui caminando hasta casa. Las reflexiones entonces fueron más “filosóficas” me preguntaba si así era el amor siempre, si era normal que doliera tanto, si alguna vez iba a olvidar. Esa vez realmente sentí que nada en la vida era digno de ser experimentado. No creo que haber aprendido nada de esa caminata, pero no sería la última.

La siguiente caminata fue después de enterarme que estaba embarazada. Esa vez llovía, esperaba mojarme y enfermarme gravemente de algo que no tuviera cura y así morirme. Y seguí caminando, en esa ocasión no pensaba llegar a ningún lado, sólo pensaba en el futuro y éste no se veía nada agradable. Lo más difícil sería decírselo a mis padres, yo quería abortar, pero sabía que no me apoyarían y no me atrevía a hacerlo de forma clandestina. Entonces no había Facebook y el My Space no estaba tan lleno de organizaciones e información como ahora es posible encontrar en las redes. Finalmente llegué a un sembradío de naranjas, a un lado de la carretera y ahí me senté en el suelo “ojalá que me enferme de algo que no sea curable y me muera”, es lo único que pensaba mientras seguía mojándome.

La siguiente caminata fue después que me despidieron de mi primer trabajo. Yo trabajaba como empleada en la isla de una Plaza vendiendo bolsas. Tuve un descuido y alguien logró romper la cerradura de una de las vitrinas, no lograron robar nada, pero en el video aparecía cómo lo hacían mientras yo estaba mostrándole la mercancía a la acompañante del sujeto. Al día siguiente me deberían pagar la semana, pero no me dieron nada a cobro de la cerradura rota. Una vez más no tenía dinero y no estaba lista para decirle a nadie que me habían despedido y que fueran por mí, así que me fui caminando. Entonces mis pensamientos eran los siguientes: “¡Vaya que crecí en una vida privilegiada de clase media! Siempre hubo dinero para luz, teléfono, internet, cable… Qué difícil es el mundo real, el mundo de adulta, con renta que pagar, guardería, leche especial, pañales, qué difícil es llegar a tu domicilio sin carro. Todo era muy simple cuando sólo tenía que ir a la escuela y tener buenas calificaciones”.

La última caminata fue la más difícil y de la que más aprendí… Fue la caminata en la que me dije a mí misma que no iba a permitir que él me volviera a golpear, que no quería vivir con él, ni hacer una vida con él, no quería tener un hijo suyo (ya había tenido un hijo no quería tener ni uno más y menos de él), que no iba permitir que él me alejara de mi hijo, que no importaba cuánto me persiguiera o tener que regresar con mis padres y contarles, no iba a volver con él, no esta vez. Estaba enojada por todas las vejaciones, avergonzada conmigo mismo por haberlas permitido, derrotada. Llegué a la casa de mis padres y mi niño abrió la puerta, lo abracé y cumplí la promesa que me hice.


Y pensar que todavía me faltan muchas caminatas más para no olvidar que soy un pedazo diminuto de ceniza, una roca como otras tantas, nada especial, nada diferente, humana, muy humana, como todos los demás.

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