miércoles, 31 de mayo de 2017

RESIDENCIA PARA SEÑORITAS



Viví en este internado cristiano para señoritas durante cuatro años, la mayoría de las chicas eran de Preparatoria, pero había una docena de universidad que vinieron a dar aquí porque la Residencia Universitaria estaba a tope, entre esas universitarias que se quedaron sin cuarto en el edificio que les correspondía, me encontraba yo. Sigo pensando que ese hecho fue la razón de sentirme, hasta la fecha, cuatro años menor y de haber tardado tanto en madurar.

El edificio sigue siendo realmente tétrico y estoy segura que cualquier buen director de fotografía lo elegiría para una gran obra de horror, sin embargo no lograría convencer a la Institución de rentarlo para esos fines. Tiene techos altísimos, pasillos oscuros, losetas que se mueven y hacen ruido al pisar sobre ellas y un baño de los 70s que no había sido remodelado desde entonces.

¿Pasaban cosas extrañas? Bueno, eso contaban, a mí personalmente me tocó ver muchas veces como se caía una maceta de plástico frente a mis ojos justo cuando yo daba la vuelta en el pasillo y estaba a 10 pasos de ella. Pero yo soy racional, una virtud y un defecto, así que levanté la maceta todas las veces que ocurrió y adjudiqué el incidente al viento. No reparé entonces en que eso ocurría exactamente cuando yo daba la vuelta al pasillo y justo a la misma distancia, hasta ahora voy cayendo en cuenta, pero sigo pensando que debe haber una explicación lógica que en este momento no me da la gana pensar.

Como dije, los pasillos son tenebrosos y por la altura de los techos el eco es excesivo. Fue esa la razón por la que no pude dormir bien durante esos cuatro años, todos los pasos, gritos, zafarranchos, y anuncios por los altavoces se amplifican con ese eco exagerado y me impedían tomar siestas y dormir bien. Tantos desvelos cobraron factura en mi salud y hasta la fecha soy  una persona con trastornos de sueño y que no puede soportar ninguna desvelada.

En una ocasión, una chica tuvo una gran idea: consiguió una bocina enorme y la conectó a su computadora, a las 4 de la mañana subió todo el volumen y el dormitorio entero retumbó con una horrible canción de death metal. La crisis colectiva llenó todas las habitaciones, no olviden que este es un internado cristiano, el 70% de las residentes creía que un demonio estaba hablado y gritaban, lloraban y oraban angustiosamente. Yo sólo maldecía a la chistosita, tenía examen a las 7 de la mañana y apenas hacía una hora había logrado dormirme. La bromista estaba tirada en el piso riendo a carcajadas junto a la bocina y la computadora, ni siquiera intentó negar lo que había hecho y el resto del curso escolar estuvo castigada sirviendo comida en el comedor, yo me cuidaba muy bien de no comer nada que ella hubiera servido.

La rutina del internado era demasiado dura y estresante como para preocuparme por cosas sobrenaturales, pero ahora, después de tantos años, recuerdo haber visto cosas extrañas, seguramente con una interpretación coherente, pero extrañas al fin.

Los cuartos tienen closets de unos tres metros de altura, es imposible llegar a la parte de arriba sin una escalera, cuando regresábamos de vacaciones el personal nos proporcionaba esa escalera para subir nuestras maletas vacías y al finalizar el curso para bajarlas. Sin embargo el techo de nuestro closet tenía manchas de humo, como si en otras épocas hubieran puesto, velas, veladoras o alguna lámpara de querosén. Las chicas que habían estado en años pasados contaban que una residente hacía ritos extraños ahí en la noche, que sus compañeras de cuarto empezaron a dormir en otras habitaciones con sus amigas pero no dijeron nada a la dirección por miedo. En una ocasión se oyeron carcajadas en los pasillos aumentadas por el sempiterno eco, todo el personal se puso en acción, encendieron las luces y descubrieron a la chica trepada en la parte de arriba del closet, dicen que no parecía humana, que parecía un perro rabioso, babeaba y hacía ruidos extraños, miraba salvajemente desde las alturas y tuvieron que llamar a muchas personas para bajarla de ahí, estuvo sedada en el Hospital de la Institución hasta que sus padres vinieron por ella. Yo no me acordaba de ese relato hasta que tenía que subir mis maletas cuando empezaba el curso y cuando tenía que bajarlas al salir de vacaciones. Desde entonces no había vuelto a pensar en eso hasta hoy.

Constantemente había crisis nerviosas entre las muchachas, era común que a los pocos meses de haber empezado el curso alguien comenzara a gritar o llorar en las noches. La estancia en este lugar, lejos de nuestros padres y con reglas tan estrictas era un combo que nos hacía estar de mal humor y con muchos problemas emocionales a todas. Yo misma recuerdo esa época como la más difícil de mi vida, pero nunca pasé por una crisis así. A las chicas las llevaban al hospital de la Institución y sus padres iban por ellas al poco tiempo. La historia siempre era la misma: cuando todas estaban acostadas una de ellas empezaba a chillar de miedo, sus compañeras trataban de ayudarla pero no había manera de que ella las escuchara. Personalmente yo creía que era una estratagema para irse del lugar, yo misma la habría puesto en práctica, pero estaba totalmente segura de que mis padres no me creerían, así que no valía la pena intentarlo. Sin embargo tuve la oportunidad de ver a una de esas chicas, era del cuarto de enfrente, cuando comenzaron los llantos y gritos, todas corrimos a la recámara donde se oían los ruidos: La chica estaba enajenada, lloraba sin parar en el rincón de su litera, manoteaba y se mecía mientras gritaba que la ayudáramos. Pronto la directora estaba con nosotras y en 15 minutos llegó la camilla con los enfermeros, cuando se la llevaron seguía gritando “Ayúdenme”.

Es cierto que todas procurábamos no ir solas al baño en la noche, cuando llegué a hacerlo me pareció haber escuchado tras de mí el sonido de pasos sobre de las losetas despegadas. El “clack” de las losetas despegadas era un sonido fuerte al que nos habíamos acostumbrado, pero no es nada agradable ir escuchando un segundo “clack” detrás de ti a las 2 de la mañana en un pasillo largo y oscuro. Sin embargo siempre lo atribuí a las historias que contaban. Era lógico que si casi todos los días te decían que algo se “oía” y “sentía” detrás de ti cuando andabas en los pasillos de noche, terminara “sintiéndolo” y “escuchándolo”. Por si las dudas, adopté la costumbre de todas: despertar a una compañera de cuarto para que me acompañara y pagarle el mismo favor cuando ella lo requiriera. Seguíamos creyendo que oíamos ruido de pasos detrás de nosotras y la atmósfera “pesada” se seguían sintiendo, pero todo es más fácil de hacer si se está acompañada.

Terminé mis estudios y me fui. Tardé más de una década en hacer algo bueno con mi vida, como dije, me sigo sintiendo como si tuviera cuatro años menos. Y ahora estoy aquí, vine a presenciar la ceremonia de Doctorado de mi mejor amiga de esos tiempos. El cóctel será en el salón de la Facultad y para llegar ahí tenía que pasar por el Internado, aproveché para entrar al baño, y ahora estoy recordando esos cuatro años mientras me lavo las manos y miro el mismo espejo larguísimo sobre los lavabos. Entonces oigo ese sonido ronco y fuerte, como el grito de algo grande y viejo enterrado varios metros abajo, el espejo se mueve frenéticamente y todo se tambalea. Las residentes salen gritan al mismo tiempo y van corriendo por todos los pasillos. Yo sólo me quedo de pie, mirando todo lo que ocurre, cuando el temblor finalmente termina, también salgo. En el jardín delantero todas las residentes se han reunido con el personal, algunas lloran, otras se ríen ya que todo ha pasado. Parece que nadie se pone a pensar en que esta zona no es de temblores, ni de terremotos, yo no digo nada, sé lo que es vivir aquí y ellas no necesitan escuchar mis conclusiones. 

Acabo de darme cuenta de que los sucesos extraños, seguramente con una explicación verosímil detrás de todos ellos, siguen y seguirán ocurriendo. Pido un Uber desde mi celular, lo espero en el viejo columpio que, a pesar de las lluvias torrenciales que suele haber aquí, sigue sin rastros de óxido. El Uber llega a los 15 minutos, y en poco más de una hora me encuentro en el aeropuerto, no subo la cortina de la ventanilla durante todo el vuelo.

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